Jorge Echeandía

Una de las causas del sufrimiento de las personas es el hecho de que las cosas no siempre son o resultan como uno quisiera. Nos movemos entre el apego a las cosas que nos agradan y la aversión a lo que no queremos, tratando de controlar las cosas y adecuarlas a nuestra conveniencia.

En este camino solemos buscar satisfacción o soporte en cosas como las riquezas materiales, el recibir muestras de afecto, la comodidad, el placer y también el reconocimiento de los demás. Buscamos conseguir estas cosas en la creencia de que nos traerán la felicidad. Y un instrumento muy útil en esta búsqueda es precisamente el poder.

Conseguir una posición desde la cual se pueda ejercer influencia para imponer la voluntad propia a los demás, en ocasiones con el objetivo de obtener determinados resultados y en otros casos por el solo hecho de disfrutar del poder en si mismo. En el primero de los casos todo podría estar bien siempre y cuando los resultados que se persiguen sean de beneficio colectivo.

Y que mejor escenario que una campaña electoral, para ser testigos de un despliegue completo de todos los recursos que pueden utilizarse en aras de conseguir el ansiado poder.

Las motivaciones de los candidatos pueden ser diversas, entre ellas el obtener beneficios económicos, el gozar de reconocimiento y quizás la principal: el deseo de poder. El acceder a posiciones de autoridad e influencia, tanto para gozar de los privilegios que pueden obtenerse con ello, como por el hecho de disfrutar del poder en si mismo; encontrar satisfacción en sentirse de alguna manera «por encima de los demás».

Para no ser injusto habría que decir también que quizás haya por ahí algún candidato con motivación verdaderamente altruista. ¿Será?

Lo que si hay es aquellos que parecen tener como objetivo de vida la llegada al poder. Y lo hacen evidente no solo con sus repetidos intentos por conseguirlo, sino también con sus actitudes y expresiones que muestran con claridad su ferviente deseo de lograrlo. Y no digo que esto esté necesariamente mal. Todo depende, por un lado de las intenciones detrás de ese deseo casi obsesivo y de otro lado de las normas éticas que están dispuestos a transgredir en el camino a su objetivo. El fin no justifica los medios.

También hay en esta campaña quienes buscan el poder como medio para imponer su ideología, en su entender, mejor que cualquier otra. En este grupo también se hallan quienes detrás de la ideología ocultan su simple deseo del disfrute del poder y sus beneficios, y arrastran con ellos a los que honestamente defienden su línea de pensamiento. Aunque hay que decirlo también, hay quienes no muestran coherencia alguna entre la ideología que proclaman y la vida que viven.

En este último caso pareciera que persiguen alguna «romántica» idea de hacer suya cuanta lucha social encuentren, haciéndose expertos en detectar injusticias contra las cuales es necesario luchar, discriminación que es necesario castigar y atentados contra la libertad que es su deber denunciar, sin ser plenamente conscientes de aquello contra lo que se protesta y de que las soluciones que se proponen en algunos casos pueden resultar peores que la enfermedad.

Y no quiero decir que no existan problemas sociales que es necesario corregir, claro que los hay; pero es necesario abordarlos haciendo una evaluación objetiva, libre de apasionamiento y deseo de utilizar el poder para imponer ideas y formas de actuar.

Y los políticos no tienen la exclusividad del deseo de poder. Es bien sabido que los poderosos grupos empresariales ejercen su poder también en el ámbito político, ansiosos por obtener condiciones favorables a sus intereses.

A fin de cuentas, es un hecho que el deseo de poder mueve a las personas y los políticos son un ejemplo de esto a la vista de todos. Sin embargo, sería injusto pensar que todos se mueven por un interés únicamente de beneficios personales; prefiero pensar que hay quienes, por lo menos acompañan estos intereses personales por la intención de hacer las cosas bien para el país. El problema es adivinar quienes son.