Las emociones son la forma en las que nos relacionamos con el mundo, aparecen en nuestro panorama mental ante determinados estímulos. Situaciones o circunstancias que enfrentamos generan emociones en nuestra mente acordes a la forma en que las percibimos. Si vivimos una experiencia que percibimos como negativa, las emociones que se generen en nuestra mente probablemente nos hagan sentir mal: enojados, tristes, ansiosos, dependiendo cual sea la situación.

Eso es completamente normal y no representa ningún problema. Emocionarnos es parte de nuestra naturaleza. Lo que puede convertirse en un problema es la forma en la que gestionamos la aparición de emociones en nuestra mente.

La ira por ejemplo, es una de las emociones que suelen presentarse ante situaciones en las que nos sentimos atacados o en las que las cosas no resultan como quisiéramos. Una chispa en nuestro interior se enciende y nos sentimos «enojados». Hasta ahí todo bien, pero dependerá de cada uno si esa chispa enciende tan solo un cerillo o si permitimos que crezca hasta convertirse en un incendio fuera de control.

Y sucede con frecuencia. Todos hemos sido testigos en algún momento de cómo las personas pierden el control y estallan en expresiones de cólera, incluso puede que lo hayamos vivido en nuestra propia experiencia.

Es evidente que nadie puede sentirse bien cuando es presa de la ira, cuando es la ira la que invade todo el estado mental y controla nuestras respuestas, nuestros pensamientos, palabras y acciones. Habrá quienes digan que es mejor estallar y «desfogarse» para luego alcanzar la calma. Sin embargo, no caen en la cuenta de que lo que se logra es cultivar el hábito de permitir esa pérdida de control y cada vez será más fácil activarlo. Esto sin considerar el malestar generado para la propia persona y para quienes se ven afectados por la situación, generando por lo tanto un perjuicio para las relaciones interpersonales.

Podemos afirmar entonces que no está mal enojarse, siempre que seamos capaces de evitar que la ira tome el control de nuestra mente y en consecuencia de la forma en la que respondemos ante la situación.

¿Cómo hacer entonces para mantener el control de nuestro estado mental ante situaciones difíciles de manejar?

Dos pasos que recomiendo.

Primero, es necesario adquirir el hábito de hacernos conscientes de la aparición de emociones en el momento preciso en el que se encienden en nosotros.

Segundo, en el momento en que tomemos consciencia de que la ira está apareciendo en nuestro estado mental, ser capaces de adoptar una posición de observadores de nuestra propia emoción y de la forma en que nos estamos preparando para responder.

Reconocer en mi propio cuerpo cuales son las sensaciones que me indican que me estoy molestando: la respiración, el calor, una sensación en el pecho, etc. Cada persona tendrá seguramente sensaciones diferentes. Detenernos a observar esas sensaciones y elegir nuestra forma de responder pensando en sus consecuencias para nuestro bienestar y el de las otras personas.

¿Fácil? No. Definitivamente puede resultar difícil y podemos fallar en el intento dejándonos llevar por nuestras reacciones. Es necesario entrenar nuestra mente y generar el hábito. La práctica del mindfulness y la meditación nos puede ayudar mucho con esto. El objetivo principal es favorecer nuestro bienestar y nuestra capacidad de mantener relaciones interpersonales de calidad.


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