¿Has notado que cuando piensas en las personas que conoces, puedes distinguir tres grupos en los que las tienes «clasificadas»?

Están quienes «te caen bien», aquellas personas con las que te agrada pasar el tiempo; están aquellos que «no te caen bien», personas que prefieres evitar; y están quienes «te son indiferentes».

Puedes hacer un rápido repaso en tu lista de conocidos y verás que te resulta fácil colocar una de las tres etiquetas en cada uno.

Tenemos esta tendencia a clasificar de esta manera a las personas con las que entramos en contacto. Y lo hacemos de manera inconsciente. No es que te propongas asignarle un grupo a cada persona, simplemente, como producto de tus experiencias con cada persona, se registra en tu mente la clasificación a la que corresponde cada uno. Te cuentas tú mismo una historia en relación a cada uno, justificando la etiqueta que le has asignado.

¿Y qué hay de malo con esto? Pues en principio nada. Es algo natural que nos formemos una opinión acerca de las personas con las que nos relacionamos. El problema viene como consecuencia de asumir que esta forma en la que percibimos a las personas es estática y es de responsabilidad completamente ajena a nosotros mismos. Perder de vista el hecho de que la etiqueta que colocamos en algún momento asociada a determinada persona es producto de nuestra percepción de alguna experiencia con esa persona, de su actitud o comportamiento en una o varias situaciones específicas. Vale decir, colocar la etiqueta a la persona y no a nuestra percepción de su comportamiento o actitud, por lo tanto asumir que tiene un carácter permanente, cuando no es así.

El hecho de colocar una etiqueta de esa manera a cada persona, nos lleva a condicionar la forma en que nos relacionamos. Construimos en nuestra mente una relación orientada en el sentido de la clasificación que le hemos dado a la persona.

No tratamos igual a una persona que nos «cae bien» que a una que «nos cae mal». Y eso comienza desde nuestra actitud al saludar, producto de la historia que hemos construido en nuestra mente.

Es ahí, en nuestra mente, en donde existen las relaciones que construimos. Es ahí, en donde se determina la forma en la que respondemos en nuestra interacción. Como consecuencia de ello se afianzan los lazos con algunos y se hacen más complejos los conflictos y más grandes las diferencias con otros.

Es cuestión de entender que si las relaciones se construyen en nuestra mente, está en nosotros la responsabilidad de aprender a responder dando siempre nuestra mejor versión, sin importar la clasificación o etiqueta de la persona que tengamos enfrente. En eso radica nuestro bienestar. No en la actitud de los demás, sino en nuestra propia actitud.

Piénsalo la próxima vez que veas a esa persona que «no te cae bien», has un esfuerzo por mostrar (sinceramente) tu mejor actitud. ¡Verás que se siente mucho mejor!.


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