En alguna oportunidad hace algún tiempo, le di un consejo a mi hija adolescente que acababa de tener una discusión con su mamá. Le dije: pídele perdón.

¿Pedir perdón?… ¿Yo?… Fue su respuesta. Visiblemente sorprendida ante lo que aparentemente era una sugerencia descabellada.

Desde su punto de vista, ella no tenía porqué pedir perdón cuando no había hecho nada malo. Al contrario, ella esperaba recibir una expresión de disculpas por parte de su mamá, quien (según ella) la había acusado y recriminado sin justificación.

Traté de explicarle que mas allá de lo que había sucedido y si realmente había una justificación valida para la actitud de su mamá, siempre cabía la posibilidad de que ella le pidiera disculpas por haberle causado enojo de alguna manera; sin importar que ella estuviera convencida de que no había hecho nada para provocar este enojo.

Le dije, ¿que sucede si le dices a tu mamá algo como esto?:  «Mamá perdóname por haberte hecho enojar, realmente no fue mi intención, por favor dime qué es lo que hice mal para no volver a repetirlo». Lo más probable es que ante esta forma de pedir perdón lo que se consiga es un cambio de actitud en la otra persona. Si existía una actitud agresiva, puede que se modere y se pueda abordar una conversación más calmada, exponiendo los puntos de vista de forma más tranquila. Quizás no se pueda llegar a un acuerdo y que cada quien mantenga su posición, pero a pesar de eso se puede recuperar la paz.

Y mucho más si las partes involucradas son personas cercanas como madre e hija, esposos o hermanos; personas que están unidas por un fuerte lazo afectivo. Lo que sucede es que la perturbación que causa el enojo en nuestro panorama mental, suele hacer que perdamos de vista los sentimientos que nos unen. En esos momentos de cólera, decir «te amo» a esa persona es algo que quizás esté muy lejos de nuestra mente.

He visto casos de hermanos que se distancian por discusiones familiares y dejan incluso de comunicarse por mucho tiempo. ¿Acaso dejaron de amarse?

Nos cuesta mucho pedir perdón y muchísimo más si creemos que es la otra persona la que debería hacerlo. Y como consecuencia de ello dejamos que el tiempo transcurra y nos alejamos. ¡Como si tuviéramos el tiempo asegurado!. ¿Y si nos ponemos a pensar que los días que nos quedan de vida para estar con esa persona están contados? No sabemos cuantos nos quedan, si son muchos o pocos, pero es un hecho que es un número limitado. ¿No deberíamos valorar cada uno de ellos? ¿No vale la pena hacer lo necesario para tener una buena relación con las personas que amamos?

Sentimos que al pedir perdón, de alguna manera estamos renunciando al derecho a tener la razón. Y creemos que eso no es justo. El asunto es que no se trata de reconocer una culpa que no tengo, se trata de pedir perdón por haber sido, en la percepción del otro, uno de los factores que han causado esta perturbación. No se trata de asumir responsabilidades ajenas, se trata de propiciar el diálogo armonioso. Se trata de dejar de enfocarnos en los errores que percibimos en el otro y enfocarnos en nuestra intención de ayudar a esa persona a que sea feliz.

¿Qué perdemos al hacerlo? Es cuestión de meditar al respecto. Me parece que es mucho más lo que ganamos.


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