Orientaciones políticas, posiciones a favor o en contra de temas sociales, rivalidades históricas entre países, equipos de fútbol, etc. Cualquiera es una buena oportunidad para defender nuestra posición frente a la de los «contrarios».

Vivimos en un mundo polarizado en muchos aspectos. Los seres humanos estamos en una búsqueda permanente por un lado, de identificación con el grupo al que pertenecemos (país, institución, equipo, partido político, religión y una larga lista de etcéteras) y por otro lado de hacer prevalecer nuestras ideas u opiniones sobre las que consideramos equivocadas.

Se forman prejuicios en torno a las personas por su filiación con determinado grupo y de antemano se invalidan sus opiniones. Se resaltan las virtudes de nuestro grupo y pasan desapercibidos o se minimizan los defectos, mientras que se sataniza todo lo relacionado con el grupo contrario.

Lo vemos a diario en las noticias cuando somos testigos de los interminables enfrentamientos entre grupos políticos, en las peleas entre barras de equipos de fútbol y en los numerosos conflictos que tienen lugar en el mundo.

Cuando se pelea una guerra o se es parte de un conflicto, en el fragor de la defensa de lo que cada uno considera correcto, no caemos en la cuenta de que lo más probable es que esa persona a la que me estoy enfrentando, al igual que yo, tiene razones suficientes para pensar que su posición es la correcta. Por el contrario, se despiertan en nosotros emociones que nos perturban, sentimos enojo ante lo que consideramos absurdo. Decimos ¿pero cómo pueden pensar así? ¿están locos acaso? Y no dudamos ni por un segundo que nuestra posición es la mejor.



Alimentamos el fuego del enfrentamiento pensando que es necesario derrotar al contrario, verlo vencido para que nuestra posición prevalezca. Y entonces pasamos de la búsqueda de la verdad y la justicia, al deseo de causarle daño al otro. Y entramos en un círculo inacabable de rencor y venganza que termina perjudicando a todos.

Resulta utópico pensar en un país en el que la prioridad verdadera sea el bien común, en el que se defiendan las posiciones con un ánimo verdaderamente conciliador. En el que puedan convivir opiniones contrarias pero motivadas por una misma intención.

Quizás no podemos cambiar a los demás, pero si podemos empezar por cambiar cada uno de nosotros. La próxima vez que vayas a defender tu posición, piensa un poco de que manera lo haces; toma consciencia de la intención detrás de tus palabras. Contribuyamos a construir una sociedad mejor para todos.


Leave a Reply

Your email address will not be published.